La antorcha regresa a Atenas (1896)
El Barón Pierre de Coubertain escribió, a principios del siglo XX: “Olimpia y las Olimpiadas son símbolos de una civilización entera, superior a países, ciudades, héroes militares o religiones ancestrales”. Con la creencia de que la competencia deportiva podía producir el entendimiento internacional, se dedicó a la tarea de revivir, él mismo, los Juegos Olímpicos, con la participación de todos los países del Mundo. Contó con el ánimo y la colaboración del sacerdote católico Henri Didon , que sería el inspirador del lema olímpico “Citius, Altius, Fortius”. Los Juegos se programaron para el año de 1896, en Atenas, cerca de la sede de las Olimpiadas antiguas.
Estocolmo marca el camino olímpico (1912)
Después de los Juegos Olímpicos de Londres 1908, hubo quien pensó que los juegos debían ser abandonados, ya que se alejaban del propósito inicial y creaban más discordia que amistad entre las naciones participantes. Sin embargo, los juegos de Estocolmo mostraron el camino ideal que debían tomar los organizadores. Fueron los más brillantes y mejor organizados hasta la fecha. Se construyó el Estadio Olímpico de Estocolmo con un aforo de 32.000 localidades. Por primera vez se usó el cronometraje eléctrico y la foto finish con gran éxito, acabando con las decisiones polémicas y evitando numerosos conflictos. El estadio, siempre estuvo repleto de público, fue todo un éxito tanto deportivo, y por primera vez, económico.
En 1928, las mujeres entran en competición
Tras el parón obligado por la Primera Guerra Mundial, las ediciones de los juegos de Amberes (1920) y París (1924) continuaron con la tradición de no dejar competir a las mujeres en las pruebas atléticas. Sin embargo, en 1928 las mujeres compitieron por primera vez en atletismo, pese a las objeciones de Coubertain y del Papa Pío XI, aunque se limitó su participación a cinco eventos. Por primera vez se realizó el encendido del pebetero con la Llama Olímpica, la cual se mantuvo viva durante la duración de los Juegos. La diversidad fue otro sello de estos juegos. Deportistas de 28 naciones en total ganaron alguna medalla de oro, récord que no fue superado sino hasta 40 años después; las Olimpiadas se convertían en un fenómeno mundial.
Jesse Owens desmonta los juegos arios (1936)
Tras la exhibición realizada por EEUU en los juegos de 1932, Hitler se propuso crear un evento que confirmara sus infames teorías de la superioridad de la raza aria. Berlín fue seleccionada como sede en mayo de 1931, más de un año antes del nombramiento de Hitler como Canciller de Alemania. El Fuhrer quería aprovechar la instancia deportiva para demostrar al mundo la magnificencia del nazismo y para ello encargó un elaborado programa propagandístico al ministro de propaganda Joseph Goebbels. Al final, el atleta más popular de los juegos fue el afroamericano Jesse Owens, demostrando que la capacidad atlética estaba por encima del color de la piel.











